Los textos que se editan en este blog desvelan el fundamento histórico de diversas leyendas y relatos que pueden encontrarse en las fuentes clásicas grecorromanas. Como autor que investiga estas relaciones entre la mitología y la historia, he sido colaborador de la revista HISTORIA-16 entre los años 2001 y 2007 y he publicado, hasta el momento, los siguientes libros:
"La Guerra de Troya: más allá de la leyenda". Ed. Oberón (Grupo Anaya), 2005.
"La Guerre de Troie: au-delà de la légende" (trad. al francés). Ed. Ithaque, 2008.
"Los Hijos de Breogan: historia y leyenda de los pueblos célticos". Ed. Cultivalibros, 2012.

martes, 18 de diciembre de 2012

LOS IBEROS DEL MAR TIRRENO

En el siglo V a C, el historiador griego Tucídides afirmaba que los habitantes de la mitad occidental de Sicilia eran iberos, una idea que fue repetida por otros autores helénicos como Filisto de Siracusa, Éforo de Cumas y Estrabón. Éforo indicaba, además, que los iberos habían sido los más antiguos pobladores de la isla. Por su parte el geógrafo Pausanias relató que unos iberos dirigidos por Nórax, nieto del mítico rey Gerión, se trasladaron a Cerdeña y fundaron en esta isla la ciudad de Nora.  

Las relaciones culturales entre estas dos áreas geográficas se remontan a los inicios del Neolítico, cuando se extendió el uso de la cerámica impresa y cardial en los países del Mediterráneo occidental. La difusión de estas innovaciones culturales parece haberse iniciado durante el VI milenio a C y alcanzó la Península Ibérica en el V milenio a C. Varios grupos de agricultores prehistóricos pudieron haberse desplazado de este a oeste en busca de nuevas tierras de cultivo, llevando a cabo una lenta y paulatina colonización. Los que se establecieron en nuestra península debieron de entremezclarse con la población anterior, de origen paleolítico. Poco después se originó la cultura de los megalitos en las costas atlánticas, que se difundió por el occidente europeo y llegó hasta las islas de Cerdeña, Sicilia y Malta. Esta cultura continuó desarrollándose en la Península Ibérica durante la Edad del Cobre, época en que se inició el uso de la cerámica campaniforme en el estuario del río Tajo. Desde las costas atlánticas, la cerámica campaniforme también se difundió por una gran parte de Europa, incluyendo Cerdeña, Sicilia y algunas zonas de Italia.

La cultura del vaso campaniforme tuvo su final en el siglo XVIII a C, época en que floreció la cultura de El Argar, sustituida a su vez por la cultura de Tartessos a partir del siglo XII a C. Estas dos importantes culturas del sur de Iberia también muestran algunos elementos que las relacionan con las culturas contemporáneas de Sicilia y Cerdeña. De hecho, los contactos comerciales entre la isla de Cerdeña y la Península Ibérica fueron bastante frecuentes a finales de la Edad de Bronce, en los siglos X y IX a C.

En Cerdeña se había desarrollado la cultura nurágica entre los siglos XVIII y X a C, que debe su nombre a la construcción de unas torres de piedra llamadas nuragas. Esta cultura tiene sus paralelos en las islas Baleares, cuyos habitantes ibéricos construyeron a su vez otras torres denominadas talayots, algunas de las cuales son muy parecidas a las nuragas de Cerdeña. No obstante la cultura balear de los talayots comenzó en una fecha más tardía que la cultura sarda de las nuragas, de modo que la difusión de este tipo de construcciones debió de producirse de este a oeste, a diferencia de lo que había ocurrido con los megalitos y la cerámica campaniforme. Hay que señalar, por otra parte, que la isla de Menorca fue llamada Nura, un nombre muy semejante al de la ciudad de Nora y al de las nuragas. En Cerdeña también se documentan los topónimos Nurae y Nurri, y en la propia Italia encontramos Nure y Nurae. En la lengua sarda actual, “nurra” significa “montón de piedras”, lo cual nos proporciona la etimología del término “nuraga”, cuyo origen debe de ser muy antiguo.

Respecto a Sicilia, Tucídides cuenta que los habitantes de la parte occidental, denominados sicanos, eran de origen ibero, aunque ellos creían ser los más antiguos moradores de la isla. Otro autor griego del siglo III a C, Timeo de Taormina, consideraba a los sicanos como un pueblo autóctono, mientras que Filisto de Siracusa también pensaba que eran ibéricos. Es posible que ambos autores tuviesen razón y que los llamados sicanos llevasen mucho tiempo asentados en la isla pero aún conservasen un antiguo parentesco étnico y cultural con los iberos, como puede deducirse del testimonio de Éforo de Cumas, otro autor del siglo IV a C. También nos cuenta Tucídides que en la parte oriental de la isla vivían los sículos, llegados a la isla desde Italia alrededor del año 1000 a C, cuando los sicanos ya estaban asentados en ella. Actualmente se sabe que los sículos eran un pueblo de lengua indoeuropea, muy diferente por tanto a los iberos. Los sículos formaban parte de una gran migración de pueblos que penetraron en Italia desde el norte a finales de la Edad de Bronce.

Respecto a los nombres de los sículos y los sicanos, que resultan tan parecidos, éstos debieron de ser aplicados por los griegos que colonizaron Sicilia en los siglos VIII y VII a C, en base a la denominación por la que fue conocida esta isla entre los pueblos del mar Egeo. De hecho, el topónimo Sikelia, muy semejante a Sicilia, se documenta en varios lugares de la antigua Grecia, y también se sabe que un pueblo que vivía en una región costera del Egeo a finales de la Edad de Bronce fue llamado shekelesh por los egipcios y sikalayu por los sirios. Esta tribu de origen egeo-anatólico, uno de los llamados Pueblos del Mar, podría haber dado su nombre a la isla de Sicilia entre los siglos XIII y XII a C, ya que es muy posible que estableciese entonces alguna colonia o factoría comercial en la costa de Sicilia. Así pues, ni los sicanos de origen ibérico ni los sículos de origen indoeuropeo debían de darse estos nombres a sí mismos, pues tales denominaciones se explican simplemente por el hecho de haber ocupado dos regiones diferentes de Sicilia. De hecho, los sículos debían de ser un grupo de ítalos que se trasladó desde el suroeste de Italia hasta Sicilia, ya que Filisto de Siracusa consideraba a Sicelo, el héroe epónimo de los sículos, como el hijo de otro legendario patriarca llamado Ítalo. También el río Sicano de Iberia, que suele identificarse con el Júcar o con el Segre, debió de recibir este nombre de los navegantes griegos, y no de los iberos que poblaban la costa oriental de nuestra península.

Por último hay que añadir que el poeta romano Virgilio mencionó a los sicanos entre los antiguos habitantes de Italia, pero posiblemente se refiriese a los “sículos” o ítalos de origen indoeuropeo, y no a los “sicanos” de origen ibérico, ya que en su relato, los sicanos van acompañados de los ausonios, otra tribu indoeuropea que suele emparentarse con los ítalos.

En conclusión, las relaciones culturales entre la Península Ibérica y las islas del mar Tirreno fueron constantes desde el Neolítico hasta los inicios de la Edad de Hierro, y probablemente llegaron a producirse contactos directos entre los habitantes de estas dos zonas geográficas. Se puede deducir por tanto que existió un parentesco étnico entre estas poblaciones prehistóricas del Mediterráneo occidental, el cual se confirma a través de los testimonios de Tucídides, Filisto y Éforo. Sin duda estos autores debieron de constatar la semejanza que existía entre los iberos y los antiguos habitantes de Sicilia, en lo que respecta a sus costumbres y a sus lenguas. Resulta además factible que, entre el III y el II milenio a C, algunos grupos ibéricos se hubiesen trasladado hasta el noroeste de África, una zona en la que también se difundió la cultura de los megalitos y la cerámica campaniforme, y desde allí hubiesen llegado hasta las cercanas islas de Sicilia y Cerdeña, o bien que hubiesen alcanzado estas islas desde las Baleares. La presencia de iberos en Sicilia durante el II milenio a C, cuando la isla era visitada por comerciantes cretenses y micénicos, explica las innovaciones de origen egeo que se han encontrado en la cultura ibérica de El Argar. Los sicanos podrían haber mantenido a su vez contactos comerciales con sus antiguos parientes étnicos de Iberia y, de este modo, habrían desempeñado el papel de intermediarios en ese proceso de difusión cultural desde el mar Egeo hasta la Península Ibérica.     

            
FUENTES CLÁSICAS CITADAS

Éforo de Cumas (citado por Estrabón en “Geografía” VI, 2, 4)
Estrabón, “Geografía” VI, 2, 4
Filisto de Siracusa (citado por Diodoro Sículo en “Biblioteca Histórica” V, 6, 1 y por Dionisio de Halicarnaso en “Antigüedades Romanas” I, 22, 4)
Pausanias, “Descripción de Grecia” X, 17, 5
Timeo de Taormina (citado por Diodoro Sículo en “Biblioteca Histórica” V, 6, 1)
Tucídides, “Historia de la Guerra del Peloponeso” VI, 2
Virgilio, "Eneida" Libro VIII

jueves, 8 de noviembre de 2012

LA LEYENDA DE CADMO

Uno de los relatos de la mitología clásica cuenta que la ciudad helénica de Tebas fue fundada por un héroe de origen fenicio llamado Cadmo, a quien se le atribuía la introducción en Grecia de la metalurgia y del alfabeto, entre otras invenciones. Su nombre es, ciertamente, de origen semítico y significa “antiguo” o “anterior”. En la cultura hebrea, el Adam Qadmon o Adán “primordial” era el arquetipo del ser humano. Se documenta además un dios llamado Kaadmu en fuentes babilonias, y en la Biblia (Génesis 15: 19) se menciona la tribu de los cadmoneos entre los primitivos pobladores de Canaán.

Karl O. Müller identificó al legendario Cadmo con Cadmilo, uno de los tres dioses que fueron venerados en la isla de Samotracia bajo la denominación común de Cabiros. Según el historiador griego Herodoto (II, 51) su culto había sido iniciado en Samotracia por los pelasgos, los primeros habitantes de esta isla. Los Cabiros o “grandes dioses” también estaban relacionados con la metalurgia, ya que eran considerados hijos de Hefesto, y su nombre era asimismo de origen oriental, derivado del término semítico kabbir que significa “grande” o “poderoso”. La esposa de Cadmo, llamada Harmonía, se presenta a su vez en el mito griego como una princesa de Samotracia; y los nombres Cadmo y Cabiro dejaron sus huellas, además, en algunos topónimos de Anatolia.

Ahora bien, en la zona de Tebas también fueron adorados los Cabiros, así como una Deméter Cabira que habría sido su progenitora. Así pues, la explicación de esta tradición podría encontrarse en la difusión de la metalurgia del bronce desde el Próximo Oriente hasta el mar Egeo. Tales conocimientos estarían asociados al culto a un dios Cadmo o Cadmilo de la metalurgia, que posteriormente sería venerado como hijo de Hefesto y Deméter. En una variante de este mito, la figura de Cadmo no era ya la de un dios, sino la de un héroe hijo del fenicio Agenor, cuyo nombre es, sin embargo, helénico. Puesto que la fortaleza tebana de la Edad de Bronce, conocida como el Kadmeion, debía de estar consagrada a Cadmo, el dios o patrón de la metalurgia, los tebanos fueron también conocidos como cadmeos y considerados, erróneamente, de origen fenicio. Hay que tener en cuenta, además, que el alfabeto adoptado por los griegos en el siglo VIII a C era una imitación de los caracteres fenicios, y por ello se atribuyó igualmente su introducción en Grecia al legendario Cadmo, mucho tiempo después de que hubiese sido construido el Kadmeion.

Por otra parte, la tradición mítica griega indica que la ciudad de Tebas, fundada por Cadmo, no fue poblada propiamente por fenicios, sino por unos hombres que surgieron de la propia tierra griega después de que Cadmo sembrase en ella los dientes de una serpiente consagrada a Ares. La leyenda de los hombres nacidos de la tierra se refería seguramente a los pelasgos, el pueblo más antiguo de Grecia, y por ello se consideraba que otros héroes de la mitología helénica, antepasados de los arcadios y de los atenienses, habían sido igualmente engendrados por la madre tierra. En el área de Tebas se han encontrado restos arqueológicos que datan del neolítico así como herramientas metálicas de principios de la Edad de Bronce. De acuerdo con algunos autores clásicos, los pueblos que ocuparon la región de Tebas fueron los ectenios, los hiantes, los aones y los beocios. Los dos primeros debían de ser pueblos autóctonos muy semejantes a los pelasgos, mientras que los otros dos serían pueblos helénicos de origen indoeuropeo, llegados a Grecia entre el III y el II milenio a C. La tradición indica que el primer rey de los ectenios fue el legendario Ogigo, cuyo nombre fue traducido por Focio como “antiguo” (la misma etimología que posee el nombre semítico de Cadmo), y a veces se consideraba que Ogigo era hijo de Cadmo y otras que era su padre, en lugar del fenicio Agenor.   

Además de la fundación de la acrópolis tebana o Kadmeion por Cadmo, existe otra leyenda que cuenta cómo la ciudad baja de Tebas, que rodeaba la fortaleza, fue fundada por dos hermanos llamados Anfión y Zeto, y se decía que este último tenía por esposa a Tebe, hija de Zeus, de cuyo nombre procedería el de Tebas. En una tablilla micénica de la Edad de Bronce la ciudad era denominada Teqa, una forma arcaica de este mismo nombre que demuestra su origen indoeuropeo, ya que presenta la habitual transformación del fonema /q/ en el fonema /b/ o /p/ que también se produjo en el término micénico iqo (caballo) para convertirse en el griego hippos. En cuanto a la Tebas de Egipto, esta ciudad fue denominada así por los griegos, ya que los antiguos egipcios la llamaban Wasit. Así y todo, podemos encontrar otra Tebe en la mitología griega que era hija del rey Épafo (o Apofis) de Egipto y epónima, por tanto, de la Tebas egipcia. 

En conclusión, los tebanos o cadmeos eran un pueblo griego de la Edad de Bronce, adoradores de un antiguo dios de origen oriental llamado Cadmo. Los tebanos no debían de tener, por tanto, una verdadera relación con los fenicios.


BIBLIOGRAFÍA

-Astour, M. C. “Hellenosemitica: An Ethnic and Cultural Study in West Semitic Impact on Mycenaean Greece”. Leiden, 1965.
-Deimiel, A. “Pantheon Babylonicum”. Roma, 1914.
-Edwards, R. B. “Kadmos the Phoenician: A Study in Greek Legends and the Mycenaean Age”. Amsterdam, 1979.
-Falcón Martínez, C., Fernández Galiano, E. y López Melero, R. “Diccionario de mitología clásica”. Madrid, 2004.
-Graves, R. “Los mitos griegos” (ed. rev.) Madrid, 1985.
-Müller, K. O., “Geschichte Hellenischer Stämme und Städte, vol. I: Orchomenos und die Minyer”, p. 108-113. Breslau, 1820.

     
Nota: El copyright del artículo “La leyenda de Cadmo” pertenece a Carlos J. Moreu. El permiso para volver a publicar esta obra en forma impresa o en Internet ha de estar garantizado por el autor.

miércoles, 30 de mayo de 2012

LOS LIGURES EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Los llamados ligios o ligures fueron un antiguo pueblo que ocupaba, en la época romana, el noroeste de Italia y el sureste de Francia. La primera de estas regiones aún conserva el nombre de Liguria. De acuerdo con las fuentes latinas, los ligures no fueron completamente sometidos por los romanos hasta el siglo I a C, y 200 años después aún seguían hablando su propia lengua. Lo poco que se conoce sobre el antiguo ligur permite incluir a esta lengua en la familia indoeuropea, aunque era distinguible de la lengua céltica de los galos.

Siguiendo a otros autores griegos de los siglos V y VI a C, el romano Avieno relató en su poema “Ora Maritima” que los ligures ocupaban originalmente un territorio muy amplio del oeste de Europa pero fueron desplazados por los celtas, de modo que se refugiaron en los Alpes occidentales y en sus alrededores. Se puede deducir entonces que los ligures descendían de la más antigua población indoeuropea de occidente, anterior a la llegada de los celtas desde Europa central. Quizás podemos encontrar una huella de su antigua presencia en lo que hoy es Francia si observamos que el nombre del río Líger, el actual Loira, se parece mucho al de los ligures. No obstante, hubo grupos de ligures que acabaron mezclándose con los celtas, ya que existen unas cuantas referencias en las fuentes clásicas a los llamados celto-ligios.

Ahora bien, algunos autores llegaron a situar también a los ligures en Iberia. El geógrafo griego Eratóstenes (citado por Estrabón II, 1, 40) llamaba Ligústica a la Península Ibérica, y el historiador Tucídides nos indica en su obra sobre la guerra del Peloponeso (libro VI) que los ligures habían expulsado a los pobladores iberos de la zona del río Sicano, el cual se identifica normalmente con el río Júcar o con el río Segre, ambos situados en el este de España. En el Periplo de Pseudo-Escílax, que originalmente se había atribuido al geógrafo Escílax de Carianda pero que fue escrito con posterioridad, se dice que los ligures vivían a continuación de los iberos y que su territorio se extendía desde lo que hoy es Cataluña hasta más allá del río Ródano. También se dice en esta obra que los iberos y los ligures vivían mezclados en algunas zonas, lo que permite suponer la existencia de unos ibero-ligures además de los celto-ligios anteriormente mencionados. La última información que conocemos sobre los ligures de Iberia la proporciona Esteban de Bizancio, un autor del siglo V d C que se basaba en textos más antiguos y se refería a Ligustina como una ciudad de los ligures localizada en Iberia occidental y muy cerca de Tartessos. En esa misma región sitúan otros textos un lago llamado Ligur o Ligustino, homónimo de aquella ciudad.

Así pues, las fuentes clásicas localizan a ciertos grupos de ligures en el noreste de la Península Ibérica, más o menos entremezclados con los iberos, y también en el suroeste de la península, junto al legendario pueblo de los tartesios. Teniendo en cuenta que los ligures eran originalmente un pueblo diferente a los iberos y a los celtas y que habían ocupado una gran parte del occidente europeo en una época anterior a la Edad de Hierro, se les puede identificar con la población prehistórica que difundió la cultura de los Campos de Urnas en Europa occidental. Esta cultura, caracterizada por el rito funerario de la incineración, se había iniciado en el este y centro de Europa a finales de la Edad de Bronce y, después de expandirse hacia el oeste, se difundió por la Península Ibérica entre 1100 y 600 a C. Su penetración se produjo, al parecer, a través de los Pirineos orientales, extendiéndose por Cataluña, Aragón y Levante, que son justamente las regiones donde los autores griegos situaban a esos ligures de Iberia; y en una fase posterior, los difusores de esta cultura ocuparon las dos mesetas. En la región portuguesa donde desemboca el río Tajo se ha identificado igualmente una cultura muy relacionada con la de los Campos de Urnas, la cual empezó a desarrollarse alrededor de 700 a C y es conocida como la cultura de Alpiarça. Éste sería, por tanto, el límite occidental de la expansión de los Campos de Urnas, y se da la circunstancia de que la zona de Alpiarça se encuentra bastante cerca del territorio que controlaban los tartesios en Andalucía y Extremadura.

La relación de los antiguos ligures con la cultura de los Campos de Urnas puede comprobarse en un texto de Herodoto (VII, 72) quien denominó igualmente ligios (la forma griega del término ligures) a un pueblo establecido en el noroeste de Anatolia, el cual debía de haberse desplazado hasta esa zona desde la región europea de los Balcanes, en compañía de los frigios y otras tribus, a finales de la Edad de Bronce.

Por otra parte, diversos lingüistas han identificado en la antigua toponimia peninsular un sustrato indoeuropeo que consideran más arcaico que el celta, y al que unos denominan sustrato “ilirio” y otros lo llaman sustrato “ligur”. No obstante, los antiguos topónimos de la Península Ibérica suelen ser conocidos a través de las fuentes clásicas escritas en la época romana, y por ello no podemos estar seguros de que ciertos nombres indoeuropeos procedan de ese primitivo sustrato ligur o sean debidos, en cambio, a la propia presencia de los romanos y sus aliados itálicos en nuestra península.

Con respecto al posible asentamiento de ligures en el suroeste, en esa zona se encontraron tres inscripciones de época romana escritas en una extraña lengua indoeuropea, más próxima a las lenguas itálicas que a las célticas pero diferente del latín. En una de ellas se hace referencia a unos “veamini-cori”, o guerreros veaminos, y resulta que los ligures establecidos en la zona de Niza eran igualmente conocidos como veaminos. Tampoco en este caso se puede afirmar con rotundidad que las citadas inscripciones hubiesen sido realizadas por unos ligures establecidos en la Península Ibérica varios siglos antes (relacionados quizás con la cultura de Alpiarça) y que no fueran escritas por un contingente de ligures veaminos incorporados al ejército romano en una época más reciente.

Volviendo a la cultura de Alpiarça, desarrollada en el suroeste peninsular entre los siglos VII y IV a C, la “Ora Marítima” de Avieno hace referencia a un antiguo pueblo de Iberia al que denomina los cempsos y localiza justamente en la zona donde desemboca el río Tajo. Decía además Avieno en su descripción de la Península Ibérica, basada en fuentes griegas muy antiguas, que los cempsos habían llegado a ocupar la isla de Cartare, situada en pleno territorio de los tartesios, y que los pueblos pertenecientes a la raza de los cempsos se extendían “hasta las regiones de la montaña pirenaica”. Otro autor helénico conocido como Dionisio Periegeta también menciona en sus versos a “los cempsos que habitan al pie de los Pirineos”, a los cuales relaciona asimismo con Tartessos.

Teniendo en cuenta que el nombre de los cempsos es muy similar al de Compsa, una antigua ciudad de Italia que perteneció a la tribu indoeuropea de los samnitas y que actualmente se llama Conza, podemos deducir que los cempsos establecidos en Iberia eran a su vez un pueblo indoeuropeo que pertenecía al mismo grupo étnico que los ligures, lo cual explica que también habitasen la zona situada junto a los Pirineos orientales. Cempsos y ligures serían por tanto los pueblos que penetraron en nuestra península alrededor de 1100 a C y llegaron en su posterior expansión hasta el suroeste ibérico, estableciendo así contacto con los tartesios.

Una prueba arqueológica de su presencia en esta zona se encuentra en las llamadas estelas del suroeste, que pueden ser datadas en el siglo VII a C. Dichas estelas están grabadas con representaciones esquemáticas de guerreros, y en su armamento se observa una curiosa mezcla. Si bien los carros y cascos adornados con cuernos han de tener un origen oriental y por ello deben de pertenecer a los propios tartesios, quienes comerciaban con otros pueblos del Mediterráneo, el resto de las armas (espadas, escudos redondos y cascos con cresta) son de un claro origen europeo y podrían pertenecer a mercenarios cempso-ligures que se hubiesen puesto al servicio de la monarquía tartésica, atraídos por sus riquezas. Hay que señalar, además, que se ha encontrado una estela muy similar a las del suroeste en la provincia de Zaragoza, por donde se había extendido inicialmente la cultura de los Campos de Urnas. Algunos historiadores han considerado que los guerreros de armamento europeo representados en las estelas del suroeste eran celtas, pero los restos arqueológicos indican que los celtas no llegaron a esa zona hasta el siglo V a C, unos 200 años después de que lo hiciera el pueblo que introdujo la cultura de Alpiarça.

A la luz de estos datos, se puede concluir que la difusión de la cultura de los Campos de Urnas en la Península Ibérica, producida aproximadamente entre 1100 y 600 a C, está relacionada con los movimientos migratorios de unos pueblos indoeuropeos que pertenecían a un grupo étnico llamado “ligur”. Estos ligures se mezclaron en la franja costera del noreste peninsular, incluyendo la región levantina, con los anteriores pobladores iberos, de modo que la lengua ibérica (no perteneciente a la familia indoeuropea) se pudo conservar en esa zona. Los ligures llamados cempsos, que se asentaron posteriormente en el suroeste (Extremadura, noroeste de Andalucía y una extensa zona de Portugal) también llegaron a mezclarse con el pueblo ibérico de los tartesios durante los siglos VII y VI a C. De este modo, los habitantes de la Península Ibérica en la época prerromana no sólo fueron las tribus iberas y celtas sino también los ligures, así como las poblaciones mixtas de ibero-ligures, celto-ligios y celtíberos.


Nota: El copyright del artículo “Los ligures en la Península Ibérica” pertenece a Carlos J. Moreu. El permiso para volver a publicar esta obra en forma impresa o en Internet ha de estar garantizado por el autor.

martes, 29 de mayo de 2012

LOS DIOSES DEL OESTE PENINSULAR

Los dioses llamados Bandua, Coso, Navia y Reve fueron venerados en el occidente peninsular antes de la difusión del cristianismo, y su culto tuvo que haberse iniciado en la época prerromana. Los nombres de estas cuatro deidades son indoeuropeos, pero no puede excluirse la posibilidad de que los pueblos que les rindieron culto hablasen una lengua celta y fuesen, por tanto, tribus de origen céltico.

Respecto a Bandua, este teónimo está relacionado con la raíz indoeuropea *bhendh que significa “atar” o “ligar”, como el término inglés “bind”. Tal denominación puede tener su origen en los juramentos que debían de hacerse ante aquel dios, los cuales “ataban” o comprometían a sus adoradores. El término latino y español “banda”, relativo a una coalición de hombres, también está relacionado con la misma raíz lingüística, y por ello es probable que existiesen antiguas hermandades de guerreros consagrados a Bandua entre la población occidental prerromana. Un nombre muy parecido al de Bandua lo encontramos en el de la diosa Bendis, venerada en Tracia (la actual Bulgaria).

En el diccionario de la lengua protocéltica, elaborado por la Universidad de Gales, encontramos el término “bando-koro” traducido al inglés como “wattled fence” (cercado de zarzas), pero la palabra “wattle” (traducción de “bando”) significa “entrelazar”, además de “zarza” y “enzarzar”. Esto nos indica que la raíz indoeuropea *bhendh, de la cual deriva el teónimo Bandua y el protocéltico “bando”, también pertenecía al léxico de las lenguas célticas. Por otra parte, el nombre del dios Bandua aparece en algunas inscripciones con epítetos célticos como Roudeaco y Veigebreaeco. Aunque este dios no está documentado en otros países celtas europeos, es perfectamente posible que su culto se practicase entre poblaciones peninsulares que hablaran una lengua céltica. Hay que tener también en cuenta que, de acuerdo con algunos datos arqueológicos, los celtas de la cultura centroeuropea de Hallstatt estuvieron en contacto con una población tracio-cimeria durante el siglo VIII a C, lo cual podría explicar la gran semejanza entre los nombres de Bandua y Bendis.

Otra posibilidad es que un grupo indoeuropeo de la cultura de los Campos de Urnas hubiese introducido el culto a Bandua en el área central de Portugal (valle del Tajo) alrededor del siglo VII a C y posteriormente se difundiese hacia el norte, llegando a ser también venerado por las tribus célticas de Gallaecia. 

En cuanto a Coso, el nombre de este dios sí que está documentado fuera de nuestra península, concretamente en el suroeste de Francia, que es la región desde donde se debieron desplazar los celtas que penetraron en la Península Ibérica. Una inscripción latina hallada en Aquitania menciona a este dios con el nombre de Cososo y lo asimila a Marte, dios romano de la guerra.

El teónimo debe de estar relacionado con el término gaélico “cos”, “cas” o “cass”, que significa “apresurado, rápido, precipitado, impetuoso”, refiriéndose seguramente a la forma que tenían los guerreros celtas de atacar a la carrera o de cargar temerariamente contra el enemigo. De este modo, el nombre del dios Coso sería una alusión al ímpetu guerrero, que los celtas debían de invocar al entrar en batalla. El término lo encontramos en el nombre de un famoso caudillo britano, Cassivellauno (el que ataca o carga con fuerza), o en el del rey irlandés Cormac Cas (Cormac el impetuoso). También se conocen tribus de la Galia llamadas cassios, viducasses, veliocasses y tricasses.
El término castellano coso, además de referirse a un lugar cerrado donde se corren y lidian toros, ha sido relacionado con el latín “cursus” (curso, carrera, corriente). Resulta igualmente interesante que, en el diccionario Xerais de la lengua gallega, se define la palabra coso como “velocidad” o “ímpetu” (en una de sus acepciones).

Entre los epítetos que se aplican a Coso en las inscripciones encontramos Vacoeaico (que significa “luchador”, como el nombre de los vacceos) y Oenaego (relacionado con el término gaélico “óenach”, que significa “asamblea”). J. C. Olivares Pedreño planteó la hipótesis de que Coso y Bandua fuesen dos nombres alternativos de un mismo dios de la guerra galaico-lusitano, asimilado por los romanos a Marte.

En tercer lugar tenemos a la diosa Navia. Su nombre deriva de una raíz indoeuropea que significa “concavidad” y se encuentra en el término español “nava” (una especie de valle o llanura entre montañas) y en la palabra “nave” (aplicada a un barco por la forma cóncava de su casco). Este término indoeuropeo debió de ser adoptado por los antiguos vascos, pues valle o nava también se dice “naba” en euskera. Ahora bien, L. Curchin señala que el término gaélico “nau” significa asimismo “nave” y el sánscrito “navya” significa “arroyo”, y también dice que esta raíz se encuentra en varios hidrónimos de Europa, incluyendo los de nuestra península y algunos otros de las Islas Británicas y Alemania. Se puede concluir entonces que la población que introdujo en la Península Ibérica el culto a la diosa Navia, relacionada con las cuencas de los ríos y con los valles, lo mismo podría ser céltica que indoeuropea no-céltica.

Por último se encuentra el dios Reve, cuyo nombre está probablemente relacionado con el término “ré” de la lengua celta de Irlanda, el cual significa “luna” y “tiempo”. El calendario utilizado por los celtas contaba las noches, en lugar de los días, por lo que debían de dar mucha importancia a los ciclos de la luna para medir el tiempo. En relación con esto, el geógrafo Estrabón cuenta en su obra (III, 4, 16) que los celtíberos hacían sacrificios a un dios innominado en las noches de luna llena, como si su nombre fuese tabú para ellos, y quizás se tratase de la misma divinidad lunar que los celtas asentados en el oeste peninsular hubieran conocido como el dios Reve o Reue.  

BIBLIOGRAFÍA:

Brañas Abad, Rosa. “Entre mitos, ritos y santuarios: Los dioses galaico-lusitanos”, en “Los pueblos de la Galicia céltica”, págs. 377-443. Madrid: Akal, 2007.
Curchin, Leonard A. “Los topónimos de la Galicia romana: Nuevo estudio”, en Cuadernos de Estudios Gallegos nº 121, 2008, págs. 109-136.
Olivares Pedreño, Juan Carlos. “El díos indígena Bandua y el rito del toro de San Marcos”, en Complutum nº 8, 1997, págs. 205-221.
www.wales.ac.uk/Resources/Documents/Research/CelticLanguages/ProtoCelticEnglishWordlist.pdf (diccionario de lengua protocéltica de la Universidad de Gales)
www.ceantar.org/Dicts/MB2/index.html (diccionario de lengua gaélica de A. MacBain)
http://www.clanmacrae.ca/documents/gaelic-a.htm (diccionario de lengua gaélica elaborado por el clan MacRae)


Nota: El copyright del artículo "Los dioses del oeste peninsular" pertenece a Carlos J. Moreu. El permiso para volver a publicar esta obra en forma impresa o en Internet ha de estar garantizado por el autor.

lunes, 28 de mayo de 2012

EL NOMBRE DEL DIOS MARTE

Se considera normalmente que el nombre del dios romano de la guerra, Mars o Marte, procede del término latino “mas” que significa “macho”, por el hecho de que la guerra ha sido una actividad tradicionalmente desempeñada por los varones. El primer erudito que defendió esta idea fue Isidoro de Sevilla, quien vivió entre los siglos VI y VII. No obstante, H. Wagenvoort apuntó en 1956 otra etimología diferente para el nombre de Marte, que resulta más aceptable. Este autor se basó en un texto escrito por el romano Claudio Eliano, el cual relata que la tribu itálica de los ausonios creía descender de un legendario personaje, mitad hombre y mitad caballo, que se llamaba Mares. Eliano indica, además, que el propio nombre de Mares significa “hombre-caballo”, y por eso creía este autor que su naturaleza mixta provenía de haber sido el primer hombre en montar a caballo.

La semejanza entre el nombre de Mares y el de Mars, la forma original del teónimo Marte, resulta evidente, pero también hay que señalar la auténtica existencia de una raíz mar- en las lenguas indoeuropeas que significa “caballo”, tal como decía Claudio Eliano. Esta raíz se encuentra, por ejemplo, en el término inglés “mare” que significa “yegua” y en la palabra “march” de la antigua lengua celta de Gales, que se traduce asimismo como “caballo”. Se sabe, por otra parte, que los ausonios (también conocidos como auruncos) habían ocupado un territorio situado al sur del Lacio, en la región de Campania. Otro pueblo vecino de los latinos fue el de los etruscos, establecidos en la región de Toscana, y aunque su dios de la guerra se llamaba Laran, los etruscos también creían que Laran tenía un hijo llamado Maris, una posible asimilación del dios Mars o Marte que fue venerado más al sur.

Si bien es cierto que caballo en latín se dice “equus”, otro término de origen indoeuropeo, la etimología propuesta para el nombre de Marte está justificada porque el caballo constituyó en la antigüedad una eficaz ayuda para el guerrero. Durante el II milenio a C se utilizó como animal de tiro en los veloces y ligeros carros de guerra, y posteriormente se desarrolló entre los pueblos indoeuropeos la equitación y la intervención directa de los jinetes en los combates.

En la mitología griega encontramos a otro personaje llamado Marsias, cuyo nombre también se asemeja al de Mars/Marte, y este personaje era un sileno, es decir, una criatura legendaria que en las más antiguas representaciones se caracterizaba por tener orejas y cola de caballo. En tiempos más recientes, sin embargo, el sileno o sátiro pasó a ser imaginado como una mezcla de hombre y de cabra. También se decía del rey Mark de Cornwall, un personaje de las leyendas célticas medievales, que tenía orejas de caballo, puesto que su nombre significa justamente “caballo” en lengua celta.

Cabe señalar, como último dato, que entre los festivales celebrados por los romanos en honor del dios Marte se encontraban los “Equirria”, que consistían en un desfile de caballos y una competición de carros de guerra durante los cuales se sacrificaba, junto al altar del mismo dios, a uno de los caballos que habían ganado la carrera anterior.

En base a estas consideraciones, es mucho más probable que Marte fuese originalmente un dios “equino” o un dios de los caballos, relacionado por ello con la guerra, a que su nombre significara “macho” o “varón”. Entre los actuales nombres españoles tenemos algunos que derivan del teónimo Marte, como Martín, Marcial, Marco y Marcelo, y por ello podríamos aplicarles la misma etimología que a Marte.

BIBLIOGRAFÍA:

Claudio Eliano. “Varia Historia”, IX, 16.
Hermansen, G. “Mares, Maris, Mars, and the archaic gods”, en “Studi Etruschi” nº 52, 1984, págs. 147-164.
Isidoro de Sevilla. “Etimologías”, Libro V, 33, 5.
Wagenvoort, H. “The origin of the Ludi Saeculares,” en “Studies in Roman Literature, Culture and Religion”, págs. 193-232. Leiden : Brill, 1956.

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